Tropicália negra, un lugar para la subjetividad

Daniel Steegmann, _16mm_, 2009-2011. Con el histórico proyecto ambiental Tropicália (1967) de Hélio Oiticica y el pensamiento crítico de Mathias Goeritz como base, el Museo Experimental El Eco presenta Tropicália negra, un lugar para que el visitante se vea afectado por su propia subjetividad.

Lo que pasa es que Tropicália negra absorbe. Desde que se está frente al Museo Experimental El Eco -la primera obra de la exposición- el cuerpo se siente atraído hacia su arquitectura emocional. El pasillo central, así, se convierte en el primer “penetrable” de la muestra. Ese conducto nos pone frente a 16mm de Daniel Steegmann, un video en línea recta que sumerge al espectador en la densa jungla de Mata Atlántica en Brasil. Ahí, en ese punto, ya se está dentro, pero no en la parte más profunda.

La primera Tropicália que existió fue de Hélio Oiticica. En 1967 la creó como resultado de su investigación acerca de la incorporación sensorial del espectador en la obra artística. Usó reproducciones de favelas, palafitas y demás copias de construcciones espontáneas a las que agregó un suelo de arena, palmeras, aves y poemas. Esa instalación, en su momento, tuvo una vocación política al pretender que quien se adentrara en ella sufriría un “despertar” que desembocaría en una transformación de la vida.

Tropicália negra, además de dar título a la exposición, es el nombre de la instalación de Sebastián Romo –y su atelier- que ocupa el plano principal de este ejercicio curatorial. Es un proyecto arquitectónico específico para el espacio de El Eco que se resuelve como un laberinto en el que se pueden encontrar obras de Mathias Goeritz, Alexander Calder, una sala de lectura, canarios cantadores, hamacas y demás elementos que aspiran a llevar a tonos oscuros el proyecto tropical de Oiticica.

Vista de la instalación Tropicália negra.

La de Romo, a diferencia de la original, sustituye la arena por llanta molida, un material que suele utilizarse para canchas de futbol rápido en el contexto local -y que implica un proceso relativamente reciente de cuidados medioambientales-. Es un detalle que si pasa desapercibido no permitiría desencadenar lecturas acerca del enraizamiento que México y Brasil –de donde es Oiticica- tienen con este deporte que, queramos o no, ha dado identificación cultural a ambas naciones. No se trata de un rasgo menor si entendemos al soccer como un extracto de las calles dentro de un museo, un referente de los grandes centros urbanos que no terminan de definirse. ¿Quién puede referirse a México o a Brasil sin pasar en algún momento por el futbol? ¿No está implicado en la maraña política, cultural, económica y estética de las sociedades contemporáneas?

Pese a que no hay balones de ningún deporte en la Tropicália negra de Romo, el ambiente se llega a tornar lúdico en ciertos momentos. A la mitad de la instalación se encuentra una escalera con dos entradas –o dos salidas- que son, al mismo tiempo, el marco de otro “penetrable” y un mirador. Los escalones están estructurados como los metaesquemas de Oiticica, de tal forma que al verlos dislocan la mirada tal y como lo hace la pieza original de 1958 –y de la cual se puede ver una variación dibujada con pelo de Gabriel de la Mora-.

Escaleras en metaesquema.

En uno de los rincones, se pueden ver y escuchar extractos de El gabinete del Dr. Caligari en una pequeña televisión descontinuada. Si bien ofrece una atmósfera que se contrapone a lo tropical, el filme de Robert Wiene parece más bien una forma gratuita de enrarecer el ambiente. Está ahí gracias a una interpretación en primera persona de lo que es sublime (1), pero desapegada al todo que sugiere la obra. En todo caso, y como sugerencia, se hubiera escuchado mejor el famoso estándar de jazz “Insensatez” del compositor carioca Antônio Carlos Jobim, que despierta nostalgia por los tiempos del tropicalismo y se relaciona con el deseo de “rearticular la supra-sensorialidad tropicalista a través del filtro de lo sublime”. ¿Qué de tropical y sublime tiene el Dr. Caligari? Tampoco es tan grave.

Lo que sí es grave y de llamar la atención es la incongruencia con la que se cita a Mathias Goeritz en El eco de la tropicália entre el todo y la nada en relación con lo que la exposición misma supone.

En ese pequeño material editorial -expuesto en la sala de lectura de la instalación-, firmado por Sebastián Romo y  Willy Kautz, curador de la muestra, se rememoran pasajes de Oiticica y Goeritz acerca de diversos temas. En lo general, se lee a un Goeritz enfurecido por los rituales sociales del sistema del arte. Dice: “Estoy harto, sobre todo, de la atmósfera artificial e histérica del llamado mundo artístico, con sus placeres adulterados. Habrá que rectificar a fondo todos los valores establecidos.” ¿Vemos que la muestra se desapegue de esto que el artista teutón refiere?

Vista de la _Tropicália negra_ de Sebastián Romo.

Para empezar, la muestra no supone ninguna rectificación de los valores del circuito del arte ni disminuyó su habitual clima convulsivo. Contó con una inauguración que no permitió involucrarse con las piezas –sí, se puede visitar después-, con cédulas y placas que enaltecen la creación de quien a veces sólo es un seleccionador y, sobre todo, se lee un denso statement curatorial no apto para visitantes vírgenes de arte contemporáneo. ¿Por qué citar entonces a Goeritz?

De Tropicália negra, la exposición, destaca el intento de Verónica Gerber Bicecci por traducir el Poema plástico de Mathias Goeritz a través de un ejercicio gráfico de transcripción colectiva. En el camino de la pieza, se descubrió que los secretos son imposibles de desenterrar cuando hay cadenas espaciotemporales.

También atrae el montaje de la colección de fotos de pin-ups –y las fotos en sí mismas- de Edgar Orlaineta, caracterizado por un ambiente a media luz roja en el revés derecho del pasillo principal del museo justo frente a la barra de cocteles y cerca del baño. ¿Pudo haber estado mejor colocada esta pieza generadora de deseo?

Vista del montaje de _Pin-up-topia_ de Edgar Orlaineta en El Eco.

Sí, la Tropicália negra de El Eco absorbe. Sugiere una ruta sensual donde es posible exaltar la subjetividad a partir de lo que se ve y experimenta. Hay deseo, asco, dislocación y juego. No termina como una versión “tropicalizada” de la de Oiticica; logra generar su propio proyecto ambiental y genera afectos en quien la visita. [T\ 

-Por Alejandro Gómez Escorcia // @Textualex

(1). Si bien Daniel Garza Usabiaga explica que algunos críticos han comentado que el pasillo de El Eco es reminiscente a los sets de El gabinete del Dr. Caligari, los extractos de esta película se encuentran muy lejos de esta parte del edificio. Dentro de la instalación de Romo, el filme de Wiene pierde potencia de significación y se halla casi descontextualizado en relación a la sublimación de la Tropicália.

  • Varios artistas, Tropicália negra, Museo Experimental El Eco, México DF, del 13 de junio al 11 de agosto de 2013.
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